Vuelve al lugar que se te ha señalado

Cynthia Rodríguez




“Esta noche nos sale dormir India”. Anna me lo dijo y yo me reí pensando que ya estábamos demasiado grandes para la gracia y que después de todo ver películas de terror, tarde en la noche, nos servía como una especie de terapia de hermanas; una vía para reconciliarnos con nuestra consanguinidad debilitada por las innumerables peleas por ropa, zapatos, espacio y bienes que ella tomaba “prestados” y a mí no me gustaba no encontrar en su sitio cuando me daba la gana de requerirlos.

Pero mientras más cerca estábamos de presenciar ese momento en que la niña verde vestida de azul hace girar cabeza mientras grita: “¡Yo no soy Reagan! ¡Soy el diablo!”, mi incomodidad en el sofá crecía y empezaba a considerar la propuesta de mi hermana como algo más o menos viable.

Bianca, mi otra hermana, siempre sabia, nunca asomó sombra de dudas de que aquello iba a resultar lo más sensato cuando todo terminara y apagáramos la tele con los ojos como huevos fritos.

Claro, tengo que aclararles que “Dormir India”, significa dormir todas en una misma cama, “como en la India”. Eso fue lo que dijo Bianca una de esas noches de terror cinematográfico cuando acuñó ese término que había quedado para siempre dentro de nuestro diccionario familiar, hermético para cualquiera que no viviera con nosotras.

Minutos después, se desató el horror. El horror repetido, es cierto, pero horror al fin. No era esa la primera vez que veía a Reagan levitar, manifestarse a través de unas heridas en su pancita en las que se leía “Help”, hacer rodar los muebles de la habitación, congelar a todo el mundo hasta los tuétanos y empujar por la ventana al cura joven, que nunca estuvo preparado para hacer ese exorcismo (cosa que todos del otro lado de la pantalla supimos desde el principio, pero él, empeñado en molestarle la paciencia a quienes seguíamos el cuento, se negaba a admitir). Tampoco era la primera vez (ni sería la última) que aceptaba dormir India con mis hermanas.


*


No sé por qué a uno le encanta ver una película de terror si es una cosa que te pone tan mal. Ni tampoco entiendo a la gente que puede ver una cosa tan horrorosa y salir del cine olvidándola por completo, como si aquello no hubiera pasado jamás. Se van a comer, a beber, a echar vaina… ¡Hay que ser una bestia insensible!

No es que todas las películas que se supone deben darte miedo terminen haciéndolo. Hay algunas a las que uno les tiene cariño (como el Drácula de Ford Coppola) o parten de una idea en principio terrorífica pero terminan dando risa (como todas las de zombis, que me encantan y la series de Pesadilla en Elm Street, Puerta al infierno y Martes 13).

Cada tanto, en una reunión con gente que me cae bien, sale ese tema. ¿Cuál es la película que más te asustó en la vida? Es como el sexo, la comida y el excremento. Cuando entras en confianza terminas hablando de eso.

De todas esas conversaciones he terminado haciéndome un inventario mental de las escenas más horribles que me llevaron en un viaje sin retorno a dormir India y que todavía, más allá de los años y de las experiencias, me siguen despertando el mismo terror de los siete años, cuando vi a Reagan por primera vez un domingo de Cine Millonario y con mis dos tías, unas tarajallas que se asustaron mucho más que yo.

De La profecía me quedó el momento en que un cuervo ataca a una mujer en medio de una carretera y le arranca los ojos. La mujer, con las cuencas sangrantes, camina desorbitada por la vía. Un camión pasa a toda velocidad y la arrolla.

“Te traje algo bonito, papi”, es lo que dice el niño resucitado de Pet Cemetery mientras sostiene un cuchillito a escala y embiste con ojos de demente a su trastornado padre.

Sobre “Here’s Johnny!”, de El resplandor lo único que puedo decir es que todavía tengo el temor de irme de vacaciones con mi familia y que alguien (que perfectamente podría ser yo misma) se vuelva loco y arremeta contra todos, hacha en mano.

Aunque ya me habían contado el final de The others, la vieja médium que dice “I am your daugther” me sacó el aire y casi no pude soportar ver las fotos de los muertos.

La primera menstruación de Carrie me dio más miedo que la mía propia (evidentemente no había entendido todavía bien de qué iba la mía, que resultaría ser mucho más terrorífica con el paso de los años. No pude dormir como por una semana después de que aquella niñita muerta vomitó debajo de la cama de su amiguito vivo en The sixth sense y la sola idea de que el fantasmita infantil de Santi recorra un colegio en El espinazo del diablo me para los pelos.

Y no me he atrevido, lo confieso, a ver ni El aro, ni La maldición, ni nada de eso; pero sí vi una china que se llama El ojo y por varios días me dediqué a subir y bajar escaleras por puro miedo a los muertos que te pueden salir en el ascensor. Y claro que Psicosis me hizo bañarme con la regadera abierta hasta que le agarré más miedo a mi mamá, que me preguntaba a gritos si estaba convirtiéndome en pato, al ver el estado en que quedaba el baño.

Pero Reagan –la niñita que es poseída por un demonio en El exorcista- se lleva la Palma de Oro del horror en mi vida. No hay una sola vez que haya visto esa película sin sufrir, sin pensar que esa misma noche se me va a aparecer en el cuarto, con su batica azul salpicada de vómito (creencia absurda si tomamos en cuenta que la niña no es un fantasma sino una posesa, y que los posesos no se le aparecen a la gente) o que yo misma voy a terminar siendo poseída por el mismísimo mandinga.

Cuando tenía como quince años me leí de cabo a rabo El exorcista. Lo hice religiosamente, con la inocencia de quien cree que leyendo la horrenda descripción de cómo una niñita se masturba con un crucifijo va a acabar con el horror que le produce ver una escena mucho menos fuerte en la pantalla y con la imprudencia de quien se entrega al vicio de la lectura para no dormir jamás, ni mientras se lee, ni varios días después, cuando todo ese horror persiste intacto en la imaginación después de la última página.

Evidentemente, mi exorcismo no sirvió para nada. Esa absurda pretensión de decirle a mi miedo “vuelve al lugar que se te ha señalado” sólo me hizo consciente de una cosa: siempre voy a temerle a El exorcista. No hay nada más que hacer.

Y de una vez declaro que no he visto y no creo que vea la versión sin cortes que se exhibió en las salas de cine hace unos años. Ni a palos.


*


Hay algo que aprendí de todo esto. Es muy poco probable que vuelva a aceptar ir al cine a ver una película de terror. Está bien, es ridículo que una mujer de 33 años, que se las da de moderna y ama la cultura pop diga esto. Pero la verdad es que no me importa. La trascendencia del ridículo es algo que se va diluyendo con los años en esa excusa que uno agarra de viejo, y que sirve para todo: “Ya yo soy así y no creo que eso vaya a cambiar. Al menos no en esto. Y déjenme en paz, carajo”.

Haber decidido esto me da una tranquilidad que no les puedo describir. Total, siempre tendremos el DVD. Porque no es que no vaya a volver a ver una película de terror. Me gustan y no renunciaría a ellas por nada del mundo. La cosa es que no puedo verlas en el cine. Me da miedo pues; ese es el problema. Me da demasiado miedo. Y no es que en la tele no me den miedo o me den menos. Pero al menos allí, encerradas en ese espacito sin oscuridad total ni dolby surround, siento que las puedo controlar. Y si no voy a poder dormir, siempre tendré con quién dormir India. El día que me falle mi media naranja, no voy a titubear en irme corriendo a casa de mis padres y pedir una parcela en cualquier cama. Y me la van a dar sin pedir explicaciones, que es lo mejor.


*

Hace poco me atreví a ver El orfanato (en dividí pirata, por supuesto). Para quienes no la han visto todavía sólo voy a decir que reúne todo lo que me asusta: niños muertos, casas viejas y aisladas, fantasmas y escenas muy rudas. La parte buena es que mi novio se asustó casi tanto como yo y hay pocas cosas tan románticas como dormir India con la pareja.

Hay una promo del canal NatGeo que dice que al final de tu vida habrás pasado nosecuántas horas en el baño, nosecuántas más en una cola y nosecuántos meses durmiendo. Les digo algo: cuando me hagan esa “memoria y cuenta” –si es que existe tal cosa como el infierno, el cielo, el purgatorio o el juicio final- a mí me van a contar unos cuántos días sin dormir. Y no van a ser precisamente esos en los que me desvelaron las preocupaciones económicas o el esquema de la nota que tenía que sentarme a escribir la mañana siguiente, ni las que me pasé con alguna mala junta.

Esas horas serán las que me pasé despierta por una razón muy sencilla: el más puro y atávico miedo. Cagazón, pues, para decirlo en criollo castellano.

2 comentarios:

Dakmar Hernández de Allueva dijo...

Como te dije, la misma terapia fallida: la peli, el horror repetido y nada que se cura el enfermo, ni leyendo el libro (con fotogramas incluidos).
Besotes

enrique dijo...

Agradezco la presencia de colegas... yo no veo unapeli de terror ni a palos... y si les da la gana, maricon y a mucha honra... muy bueno tu texto

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