800 palabras

Mario Morenza


Alex de La Iglesia, director de 800 balas

Aquel martes 19 de octubre, mi indumentaria estaba prevenida para resistir un aire acondicionado de kilovatios intimidatorios. Pasar de la azarosa temperatura de los recovecos de la UCV, a la glacial de la Sala de Conciertos, originó un brusco desnivel meteorológico que, a su vez, me entumeció la nariz por veinticuatro horas, el tiempo crucial que define una gripe de un leve resfriado.

Ese martes multiclimático vi la película que más he esperado –poco más de dos años–: 800 balas, de Alex de la Iglesia. El domingo anterior, ojeando el periódico, me topé con un cartel que publicitaba el VIII Festival de cine español. La primera película de la lista era 800 balas. Inmediatamente la comisura de mis labios se replegó, exhibiendo una sonrisa de satisfacción e ironía. Hoy, domingo 23 de octubre, volví a ojear el periódico. Además de tropezarme con el mismo cartel, encontré una reseña sobre 800 balas y recordé aquel martes en que la vi, como si la hoja tuviera alguna cualidad nemotécnica. Llegué a eso de las tres de la tarde a la Sala de Conciertos de la UCV, a una hora de la función. Compré el boleto a 500 bolos con el carné estudiantil: signo inequívoco del aprovechamiento óptimo de mis recursos. Luego me fui a dar vueltas por la UCV para hacer tiempo, y a ver si me topaba con gente conocida.

Desde el balcón del segundo piso de la Biblioteca Central se dejan ver las misteriosas siluetas de la Escuela de Letras, del Aula Magna y el reverso, la espalda, de la concha acústica de la Sala de Conciertos. A ese rincón fui a mirar el paisaje y a conversar mientras llegaba la hora de la película. Como todos los días a esa hora y desde esa perspectiva, pude observar el ir y venir de los estudiantes, de las guacamayas Ara Macao que van de un lado a otro. Van y vienen de una palmera a otra lanzando al aire breves chillidos, graznidos desagradables a los tímpanos de los que se acercan al balcón buscando la sosegada tranquilidad para leer y estudiar. Al rato, ya aburrido de mirar el paisaje, siluetas arquitectónicamente misteriosas y estudiantes con una tranquilidad frustrada, me puse a hablar con El conocido de la Escuela de Letras, la mejor forma de matar el tiempo desde ese lugar cuando uno no estudia ni lee.

Ahora, desde mi escritorio, cuento el tiempo con tazas de café, de igual manera que llevo la cuenta de los minutos que estuve conversando aquella tarde para tratar de matarlo. Desde mi escritorio, cuando es también de tarde, veo coincidir en aquella conversación la anécdota de comparar los Platillos Voladores de Calder del Aula Magna con las nubes que se apelotonaron en el cielo progresivamente. En ese momento, mi endeble memoria, frágil para recordar citas de escultores o cambiar su sentido, no atinó fielmente al enunciado que en la conversación quería yo agregar y agregué vagamente. Aprovecho, pues, la tranquilidad sosegada de estar en casa, libre de graznidos, para buscar en mi hemeroteca un folletín dedicado a los cincuenta años del Aula Magna. Entre las muchas cosas que se dicen, rescato lo expresado por Alexander Calder que yo quise decir y terminé diciendo con remota precisión: “Imponer la idea de construir e instalar los Platillos Voladores en el Aula Magna debió exigir gran valentía, lo que hice al proponerlos nada es comparado con tal coraje (...). Ninguno de mis móviles ha hallado un ambiente más extraordinario... o más grandioso. Es este el mejor monumento a mi arte”. Calder alzó nubes de concreto. Aún siguen allí, después de cincuenta años, intactas e imponentes. Sin embargo, es arduo encontrar personas que entren al Aula Magna y no reflexionen sobre las leyes de Newton.

Después de haber agregado mi recortada y tergiversada versión del comentario de Calder, El conocido de la Escuela de Letras, seguramente sin haber entendido nada de lo que dije, continuó con el hilo de la conversación: Asimismo haría tu director favorito, el tocayo de Calder. Él recibió la influencia de su padre artístico, Hitchcock, del mismo modo en que Calder se dejó influenciar por Miró o Arp. Así haría sus películas. Mira, el cartelón lo que dice, se escuchó, después de lo que dijo El conocido.





SE AGRADECE HACER
SILENCIO




Nos mandaron a callar con una sincronización que me pareció premeditada. “Yo no me aguanto ni diez minutos callado”, recuerdo haber dicho después del aspaviento de los buenos estudiantes perturbados por nuestra Beckettiana conversación. La emancipación de las mayorías me llevó a despedirme y dirigir mis pasos hacia la Sala de Conciertos. Faltaban unos quince minutos para 800 balas. Hace dos años, en esa misma Sala de conciertos –que esta vez volvería a sala de cine– vi La comunidad. Quedé deslumbrado. La película, como diría cualquier personaje de De la Iglesia, me pareció cojonuda. Al día siguiente, recuerdo, investigué en el Internet de la Biblioteca Central sobre el director de esa película. Para ese entonces, La comunidad llevaba dos años de filmada y se rodaba 800 balas.

Antes de entrar, atendí a lo que me indicaba la promotora cultural. La chica repitió una a una las prohibiciones como si se tratara de una nueva versión del Decálogo. “No ingerir alimentos ni bebidas. Apagar los teléfonos celulares. Y que disfruten de la función.” A juzgar por el tono de las dos primeras prohibiciones, tuve la sensación entrar a la sede del Opus Dei. La tercera me devolvió la tranquilidad, parcialmente perturbada.

Me senté en una butaca que me hizo sentir una isla. Luego llegaron algunos compañeros de El Pasillo, un porcentaje considerable de los que convoqué y promocioné ad honorem la película. Pasé a sentirme como una pequeña Sala de Conciertos al lado de una inmensa Aula Magna de estudiantes, lo contrario de los disciplinados alumnos que repasaban sus lecciones tan silenciosamente a pocos pasos de allí. La chica que tenía justo al frente, tenía la espalda invadida de pecas, parecía una obra abstracta la piel de su espalda, pero no de Calder ni de Arp, más bien semejaba un Pollock, una espalda o una pantalla de carne en la que posé mis ojos, sólo desviados en par de ocasiones:

La primera: para observar dos estructuras geométricas fijadas en ambas paredes y que parecían o trataban de ser obras de arte. Lo único cierto es que eran de madera y fueron diseñadas con un mal gusto incuestionable. La pantalla, la verdadera pantalla, me llamó la atención por los atributos que rastreé en ella: lo más cercano a una bandera orgullosa de un país reñido con los colores. La pantalla de carne llena de pecas me la guardaría para usarla como imagen en un cuento que estaba por escribir.

La segunda: para contestarle a Alexis Pablo (*) que yo tenía dos años, dos años esperando esta película, que lo único que había hecho era esperar y que por fin había llegado el momento. No entiendo por qué se tardan tanto, ya son las 4:15 p.m. Alexis dijo que me estuviera tranquilo. Yo le contesté que cómo iba a estar tranquilo, tú no sabes lo que es esperar, yo sí sé lo que significa esa palabra. Ya mi obsesión empezaba a parecerse a la de cualquier grotesco personaje de De la Iglesia. Pero tranquilízate, decía Alexis Pablo, tranquilízate.

Cuando se apagaron las luces –a las 4:30, puntualidad venezolana–, medí el frío ajustando los botones de mi chaqueta, mi nariz comenzaba a congestionarse al igual que la sala de cine. Aunque los asientos parecían sacados de Expo mueble ’64, disfruté la película. Aunque el sonido parecía captado por una antena A.M. disfruté la película. Después de un encabalgamiento de “aunques” pude disfrutar de mi escena favorita: la SECUENCIA.65.INTERIORES.MUSEO DEL OESTE.DÍA.

Ahora, hoy, cuando escribo y trato inútilmente de matar al tiempo, recortando la reseña de 800 balas para mi hemeroteca, se me antoja que La Sala de Conciertos es, para mí, como otro Museo, pero de recuerdos. Unos recuerdos que flotan inquebrantables como los Platillos Voladores de Calder o se deslizan y desvanecen y se vuelven nubes apelotonadas. Ahora, hoy, tranquilo, espero la próxima película de Alex de la Iglesia, Crimen ferpecto. Espero pacientemente la película. Quizá en el 2006, si el fin del mundo no ha llegado, la vea en esa misma sala, me da por pensar irónica y satisfactoriamente con mis labios replegados.

23 de octubre del 2004.



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* Es pertinente acotar que Alexis Pablo se trata de una muchacha, de 22 años, cuyo apellido es Pablo.

http://pasillosdemimemoriaajena.blogspot.com/

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Mario, me gusta tu vagabundeo centralero, con tu texto y el de Fedosy, me vienen las ganas de patear otra vez esos pasillos.
saludos
gustavo valle

Mario Morenza I dijo...

Gracias, Gustavo, ahora que me lo consigo de nuevo este texto, con comentario incluido, a mí también me da una nostalgia... Un fuerte abrazo!!!

Anónimo dijo...

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