Cine, Héroes y Perros

Joaquín Ortega




No hay cine sin héroes. Y el que piense lo contrario sólo muestra que su corazón está habitado de aburrimiento. No existe un acto de bondad ilimitada o de venganza profunda que no se rinda ante la majestuosidad de una pantalla de cine -o de un home theater-. Monstruos y villanos, rebeldes y ejércitos imperiales, cuchillos pasionales y asesinatos gratuitos son los cuadros recurrentes de la galería que puebla esa sombra al acecho que es el alma proyectada.

La diosa Némesis y el Jehová del salmo 24 comparten el mismo espíritu que el barril de amontillado de Poe –seamos honestos, los estúpidos y los mal parados se merecen la muerte que se procuran. Todo Western, toda calle oscura… cada campo de batalla o cuarto a prueba de ruidos, así como cientos de playas desoladas y azoteas derretidas no serían nada si el mal no se enfrentara al bien. El cine como la última frontera de la fantasía consagra nuevos espacios para los héroes cotidianos, mal llamados anónimos: las madres, los adolescentes nerd, los minusválidos, los asistentes de limpieza, los animales. El terror se vale de los inútiles para darles un nuevo merecido, o simplemente convertirlos en la ayuda al final del túnel de las muertes coreografiadas.

¿Quien no tiene un héroe preferido? En la sala se ven mejor o más grandes los nacidos en la literatura o el cómic. Beowulf versus Grendel, Batman contra el Joker, Hulk contra el mundo. Cada quien mata a su bestia con la pócima que le convenga, igualmente saldrán de la ballena que lo ha tragado de la mejor manera. Falta mucho por ver y por delirar: yo quisiera ver en Imax a Hop Frog encendiendo el aire de una fiesta suntuosa, hasta animarla en un carnaval de azufre. Codicio ver la caja de Pandora abriéndose frente a los ojos de los niños de hoy, más temerosos a la amenaza de un “no día de escuela” que al espíritu del mal que tiñe el cielo de sus calles. Ansío ver la empujadera de una guerra por brujería en un desierto cundido de jirajaras del siglo XIII. Espero en vida y en 3D por la expulsión de la invasión extranjera y la factura hasta los tuétanos posterior al destronamiento. Persigo tantas cantidades de justicia desde otra visual que ya no me queda paciencia para escuchar el grito del final de los tiempos.

Tal vez por eso –y por quien sabe cuántas cosas más que nunca entenderé en vida-, el otro día mientras lloraba por uno de los perros familiares más queridos –lloré como tenía tiempo sin hacerlo, eso sí, como lo hacemos los hombres: escondidos- quise ver a este animal vestido más allá de Cujo, y me apremió ver la vida en Ítaca narrada por los ojos del perro de Ulises. Me habría gustado saber si extrañaba a su dueño, si odiaba a los pretendientes, si se echaba a dormir sobre el casco de Atenea. Asimismo, me habría gustado conocer la perspectiva de un perro vigía viendo hundirse a su ciudad bajo el fuego de una razzia enemiga.

Así que luego de un rato, viendo al infinito, deseé que se levantara un cachorro como una montaña, para que jugara con nuestro mundo, y que en su retozo dulce de rascado de encías nos sacara para siempre de esta vida de inútiles y desentendidos, de mocosos asesinos de Dios, que por ser sicarios de baja autoestima, también dejamos de creer -hace mucho- también en nosotros mismos. Tal vez, sea por eso que hoy no nos importan los héroes, porque no hay cabida tampoco para los otros nombres de la gloria: hogar, familia, fuego, viaje, regreso y herencia.

Para ese perro alzadito y jodedor los versos que corrieron para él en sueños:



Can Havilah

“Mi perro aúlla entre las estrellas
Corretea a los bastardos canes-lobo
Simientes de Deimos y Fobos
Un día suelto
Devoró las patas de los osos de fuego congelado
Otro
Cruzó a un pájaro de azufre hasta su palo
Y le tatuaron la paz sobre la panza
Mi perro
Huele la sangre de las valkirias en su mes
Y se vuelve Íncubo en sus flojos regazos
Mi perro lleva la medalla bruñida
De San Benito alrededor del cuello
Porque
Mi perro caza vampiros
Y abre candados para que los aprendices
Hagan fiesta
Su mirada es jauría
Perro, mi perro
Cava hoyos en los cementerios ocultos
Si alguien pretende despertarme
Primero lo encuentran a él
Y dibuja signos sobre los árboles que mascan sus encías
Entiende latín
Y maldice a los fenicios que se hundieron con sus primeros amos
A mi perro le salen alas en la noche
Muerde trozos de lunas apartadas
Sube montes en dos patas
Persiguiendo las calaveras de brujos muertos
Que con cumbres orina
Desentierra biblias cosidas a manos campesinas
Y garras de dragones
Que babea y escarcha entre su hocico
Mi perro seca mares de truenos
Y viola tesoros vírgenes
Y vuelve a alzar la pata
En tenidas eternas
Sobre las más altas ceibas grises
Mi perro es prócer y le silbo
Él sabe que soy su amo
Y que lo sueño
Y que lo espulgo
Y que come de mi mano”


http://conversacionesdesdelabarra.blogspot.com

4 comentarios:

Tanya dijo...

Tirale ese perro a Tim Robbins que está en Coro viendo locaciones para otro bodrio rojo rojito

coño e su madre sa gente...!!!

mis respetos Sr Poeta

T :)

Sandra Rigga dijo...

Muy bello lo que han escrito Ud. señorito y el Vate Urriola sobre Montejo.
Arriba abudna rabia y afán por el héroe, pero el perro es mi valiente preferido.

Beso grande

Sandra ´)

Joaquín Ortega dijo...

Beso a Ud Do;a Sandra Rigga Y Montevechio...

Gracias Tanya y dejemos q el karma se lleve a los malucos

besos

J

Anónimo dijo...

Don Joa!

este articulo aranca como un minueto y termina como una ópera

bravísimo!

F S :)