Psicosis con Techo de vinilo

Fedosy Santaella



A Humberto Valdivieso


Yo soy un imán para los locos. Quizás algo ven en mí que me reconocen como a su igual. En bachillerato, una amiga me dijo: “Hay quien dice que tienes cara de loco, y hay quien dice que tienes cara de gafo”. Entre esas opciones refulgentes, no me quedó más remedio que conformarme con la cara del loco. A lo mejor es eso, que tengo cara de orate. No sé, lo cierto es que loco que se aparece, loco que se me sienta al lado y que tiene que ver algo conmigo. Loco y loca, porque más de una loca se me ha atravesado en la vía. Recuerdo, por ejemplo, a una loca del Dog and Fox, el famoso bar de Las Mercedes presuntamente de estilo gringo o inglés, donde se jugaba dominó y vendían cerveza negra y perico. Aquella loca entró con la nariz alborotada (estaba buenota, eso sí), y lo primero que se encontró fue al trío de amigos universitarios que habían tenido la mala suerte de sentarse en la puerta más cercana a la puerta. Si se hubiera tratado de un asesino de masas, habríamos sido sus primeras víctimas. Aunque igual víctimas fuimos. De la loca. Estábamos Humberto, Dixon y yo, y la loca llegó y se sentó y nos buscó conversación. Nos mostró una cuerda negra que le guindaba del cuello y que sujetaba una especie de símbolo egipcio de la inmortalidad. La mujer decía que su hija se había muerto y nos mostraba la cadena. No sé qué tenía que ver la cadena con la hija. A lo mejor lo de la inmortalidad hacía el enlace. Después la mujer buenota y loca se perdió entre la confusión de espaldas y cinturas que nos rodeaban, y nosotros nos quedamos como lelos, comentando en voz baja la enajenación de la mujer, quien regresó unos minutos después para machacarnos la misma historia. En una de esas se puso de pie, apuntó a Humberto con un dedo y le dijo que no se riera de su hija muerta (puedo jurar sobre la Biblia que mi amigo Humberto, hombre serio ayer, hoy y siempre, de verdad no se estaba riendo de nadie). Sin esperar la réplica de mi amigo, la mujer lanzó la botella de cerveza negra contra la pared que estaba detrás de nosotros; muy pegada a nuestras testas, por cierto. La botella se quebró y los fragmentos le cayeron encima a Dixon. Ahí mismo Dixon se llevó la mano a la cabeza y vio que sangraba. Uno de seguridad se llevó a la loca no sé para donde y un barman vino a traernos unas servilletas de papel. Ya más calmados, nos fuimos a la calle, con Dixon tapándose la herida con la mano y las servilletas. Pues bien, la cosa no se acabó ahí: Cuando estábamos ya tomando la Río de Janeiro para irnos bien largo al carajo, la mujer buenota y empericada, la mamá de la niña muerta, la de la cruz egipcia, la loca de la botella se nos atravesó en el medio de la vía y se montó sobre el capot de mi Chevettico verde poceta. Yo ya no me podía aguantar tanta locura y, arrecho, aceleré mientras ella gritaba sinsentidos. Finalmente, se dejó vencer y se bajó de un lado —de mi lado— pero, antes de dejarnos para siempre, haló durísimo el espejo retrovisor, que quedó guindado, tan ofendido y víctima de ella como Humberto, Dixon y yo. Por cierto que lo de Dixon fue una tontería, un par de vidriecitos clavados superficialmente, pero qué susto, hermano.

En fin, no era mi intención extenderme tanto con esta loca. Lo que quería era ponerla como ejemplo del tipo de gente que se me atraviesa en la vida. Los locos de la droga, como aquella buenota del Dog and Fox, o los locos no sé porque otras razones, los locos naturales pues, como aquel que recorría los pasillos de la Escuela de Filosofía y Letras en la Central a mediados de los noventa. También estaba la loca de cabello larguísimo y gris, y flores en el pelo, pero con esa nunca hablé. Y no es que yo hubiera hablado mucho con Techo de vinilo. Es más, nunca le dirigí la palabra (aunque él sí me la dirigió a mí). Yo me cuidaba mucho de no acercármele y de que él no me viera, porque, como ya has de suponer, temía yo que algún día ese carajo tuviera algo que ver conmigo. Ah, por cierto, le decían Techo de vinilo porque era un señor totalmente calvo que se pintaba la parte superior de la cabeza con betún, como si tuviera un kipá o algo así. Era un viejo alto, muy delgado y pálido, que usaba anteojos de pasta enormes. Si llegabas al pasillo por primera vez y lo veías sin saber nada de él, quizás lo hubieras confundido con un rabino, o incluso con un profesor (que un profesor de la Escuela de Letras tuviera la calva pintada de betún no resultaría extraño), porque Techo de vinilo era un señor que tenía cierto porte, y además era muy limpio y vestía bien. Sólo que cuando alguien le gritaba el sobrenombre en el pasillo, nuestro ínclito loco sacaba toda la furia que llevaba por dentro y se desgañitaba a fuerza de insultos desvergonzados. Esa, para mí, era prueba suficiente de su locura. Porque, que yo recuerde, cuando los malos gritaban mis sobrenombres por los pasillos del colegio, yo lo que hacía era salir corriendo con la boca muy apretada.

También alguien me contó que Techo de vinilo entraba de oyente a los salones, que a veces incluso intervenía. Yo nunca lo vi en una clase, hasta aquella vez en que se le ocurrió meterse en una del taller de apreciación cinematográfica que dictaba Igor Barreto. En ese taller la pasé muy bien viendo películas intensas que uno debe ver sólo cuando está en la Universidad o cuando tiene menos de 30 años, porque después nadie en su sano juicio (uno cuando está en la Universidad está también medio loco) no las ve ni a balazos. Eran películas como El ladrón de bicicletas, Andrei Rublev, 8 y medio o Rashomon. Ladrillos geniales pero, seamos sinceros, ladrillos al fin y al cabo. Un día, el poeta Barreto nos puso El Halcón Maltés y la cosa mejoró. Yo gocé un mundo viendo a Humphrey Bogart haciendo de Sam Spade, que en el libro es un patán rubio pero que en la película quedó muy bien de patán Bogart. Todo en ese film de John Huston es maravilloso. Aquel cuento templario con la estatuilla del halcón, los siseos mortales de Joel Cairo, la respiración dificultosa del gordo Gutman, las piernas largas de Brigid O'Shaughnessy (o de Mary Astor, para darle su crédito), y todo aquel montón de cigarrillos y el humo de esos cigarrillos. Es insuperable, de verdad. Al final de esa sesión, Barreto nos dijo que la próxima obra maestra iba a ser Psicosis. Yo no la había visto (a esa edad había muchas cosas que no había visto), pero tratándose del maestro Hichtcock seguro sería otra película que iba a poder disfrutar sin bostezos (ojo: las otras también me gustaban, pero igual me producían casmodias).

Y bueno, ya te imaginarás. Justamente el día en que fuimos a ver Psicosis en aquel pequeño salón de la Secretaría de Letras, se apareció Techo de vinilo y, para colmo, el muy condenado se sentó justo a mi lado, casi rodilla con rodilla. Ahí estaba, serenote, con las piernas muy juntas y las manos sobre los muslos. Callado, calladito. Y yo, de lo más cobarde, ni siquiera me atreví a cambiarme de puesto. Apenas me alcanzó el alma para apretar las piernas una contra la otra, poner las manos sobre los muslos y cerrar el pico, con la mirada fija en el televisor. Sí, por lo que notarás, me había convertido en el espejo de Techo de vinilo, el mismísimo objeto de mis terrores.

Entonces el poeta Barreto hizo lo que lógicamente hacía en todas las sesiones: Apagó la luz con el fin de poder disfrutar mejor la película.

Ya eran como las seis de la tarde dentro de aquel saloncito encerrado que no era precisamente un portento de luz natural; así que me encontré sumergido en la oscuridad y al lado de Techo de vinilo.

Ahora, el hecho inevitable de estar sentado allí a punto de ver Psicosis junto a aquel pedazo de loco, me hizo hacerme una buena cantidad de preguntas: ¿Era sano para Techo de vinilo ver una película protagonizada por otro loco que andaba con un cuchillo enorme para arriba y para abajo? ¿No provocaría alguna reacción en él aquella historia de asesinatos? ¿Tendría nuestro hombre algún cuchillo bajo la manga? ¿No debía Barreto, por el bien de todos, ordenarle que se saliera? ¿Acaso debía yo pararme y proponérselo al profesor? Y finalmente, ¿por qué toda esta vaina tenía que pasarme a mí, coño, justamente a mí? Sin duda, yo era un imán para los locos. Todavía lo soy, pero como salgo menos, pues menos locos me encuentro. Aunque, para serles sincero, la gente cada día está más loca. ¿Será culpa del tráfico? ¿O de nuestros políticos? ¿O del efecto invernadero? Bueno, esto es otro tema. El asunto es que yo terminé sentado junto a Techo de vinilo viendo a Anthony Perkins asomado por un huequito y echándose un pajazo (sugerido) mientras se morboseaba a Janet Leigh pasándose la pastilla de jabón por el cuerpo. Yo pensé, más que pensar, temí que en la oscuridad Techo de vinilo se estuviera agarrando la paloma, sobándosela por encima del pantalón, arrobado con Janet Leigh tanto como el idiota peligroso de Norman Bates. Si yo llegaba a escuchar el sonido del cierre, o si lo veía sacudirse como quien se tira un pajazo, ya vería, ya vería ese loco cochino de mierda. Pero la escena pasó, y por lo que pude ver de reojo, Techo de vinilo seguía inmóvil a mi lado, con las piernas muy juntas y las manos sobre los muslos.

Luego vino una parte escalofriante: alguien empezó a caerle a cuchilladas a Janet Leigh mientras ella se bañaba. En el momento en que el cuchillo bajaba y subía llevado por los geniales acordes de unos violines delirantes, yo me dije: “Aquí me jodí, ahora sí que Techo de vinilo se va parar pegando gritos como si lo hubieran insultado, y con sus manos sobre mi cuello, va apretar y apretar y después va sacar su cuchillo y a clavármelo en la frente y listo, chao yo, chao mundo inmundo.” Nada de eso pasó, y éste que cuenta no es el artilugio de un narrador muerto, como suele ocurrir con muchos cuentos malos (aunque este puede ser más malo que cualquiera de esos).

Total que ahí estaba la sangre de la Leigh, dando vueltas sobre el desagüe en esa toma inolvidable (una de las pocas que guardo para mí). En mi mente aquella sangre negra (pues la película es en blanco y negro) se iba espesando sobre la rendija circular. Se espesó de tal manera que finalmente terminó convertida en un círculo de betún sobre la cabeza de Techo de vinilo, que entonces giró, se volvió hacia mí y me vio con sus ojos brotados, reventándose de la risa. Y cuando digo que se reventaba, se reventaba de verdad, porque luego esa cara se partió en mil pedazos y sus fragmentos sanguinolentos cayeron sobre mí, sobre este personaje yerto, pálido y capturado en la foto del oprobio con la cara de susto y de asco más vergonzosa que jamás nadie haya visto.

Que el maestro Hitchcock me perdone, pero no pude concentrarme el resto de la película. No pude, en serio. Yo no sabía hacer otra cosa que estar pendiente de Techo de vinilo. Vigilaba sus movimientos más insignificantes, alguna pista de su locura a punto de estallar. Le veía las manos, los dedos, estaba atento si acaso llegaba a crisparlos, así fuese ligeramente. También estuve pendiente de su respiración, de su pecho, de su boca. Buscaba pillarle un suspiro, o quizás un gruñido de reproche. Observarlo, no quitarle el ojo de encima, se me antojó una cuestión de vida o de muerte.

Y así, la película llegó a su final y Barreto volvió a traer la luz a la sala. Tardé poco en acostumbrarme a los colores, y ahí mismo vi a Techo de vinilo pasándose las manos sobre los muslos, como quien desentumece tanto las piernas como las manos. Acto seguido, me habló. Con voz de alquitrán, pero al mismo tiempo baja y educada, Techo de vinilo me dijo:

—No me gustó.

Sí, con sus ojos muy abiertotes de hombre ofuscado ante la estulticia del mundo, había dicho “no me gusto”, y luego había desviado la mirada y se había puesto de pie.

“No me gusto”.

¡Coño de su madre!

Por su culpa, yo no había podido concentrarme en ver aquella obra maestra de Hitchcock, y él acababa de concluir que no le había gustado. ¡Ese carajo de verdad estaba loco! ¿Cómo no le había gustado una película de Hitchcock? Yo sólo había visto Vértigo y La ventana indiscreta, y me habían parecido fantásticas. Hitchcock era un genio que había sabido unir en sus películas (o en esas dos por lo menos) las profundas significaciones del arte con el entretenimiento de la más alta calidad (¿viste, que uno piensa y dice vainas locas en la Universidad?). En definitiva, a las gentes que no les gustaban las películas del gordito genial estaban realmente chifladas y no merecían cura ni milagros ni mucho menos la piedad de nadie. Ni lo merecían, ni lo merecen, debo aclarar.

En aquella época yo no era —ahora sí un poco más— hombre de hablar sandeces sin fundamento. A lo mejor podía haberle dicho: “Todas las películas del gordito son buenas”. Pero me hubiera traicionado a mí mismo y se me hubiera notado la falla. Además, no valía la pena discutir con ese trocho de loco. Así que nada dije y Techo de vinilo, sin mayor protocolo, empezó a pedir permiso a los otros sin esperar que se lo dieran y pasó entre ellos malamente, apresurado, como si tuviera que ir a ver una película que sí le gustara, alguna vaina lenta y aburrida de Resnais, Hiroshima mon amour o algo por el estilo.

Total que nunca he podido ver Psicosis. Porque déjame decirte que yo, a partir de aquel incidente, me vi todas las películas de Hitchcock, toditas… Pero Psicosis, esa no me he atrevido a verla aún. Malditos locos de este mundo, no joda.



http://www.fedosysantaella.blogspot.com/

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Sencillamente, me encantó.

Fedosy Santaella dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Anónimo dijo...

Bróder, me cagué de risa, has rescatado para la literatura uno de los personajes más emblemáticos de la Escuela. Yo también le tenía un poco de culillo a ese tipo que, si aún existe, merece ser el ídolo de los desquiciados que abundan en esos pasillos.
un abrazo
gustavo valle

Omar Trujillo dijo...

Mi tio era techo de vinilo.
esquizofrénico.
ex trabajador de la universidad, era bedel.
está muerto, lo matáron los policias por hacerle resistencia cuando fueron a capturarlo en la ceibita.
en un cine vienso psicosis, sacó un cuchillo y se lo clavó en el pecho al joven que estaba a su lado.
lo mató.
eso pasó hace dos años.
de esa se salvó usted señor Fedosi.
Omar Trujillo

Humberto dijo...

Gran Fedo
Aquella noche fue un bautizo, quizá esa chica, preciosa, era la muerte y vio en nosotros sus tres ángeles. De alguna forma siempre estaremos ahí, seguirán sonando de fondo Smashing Pumpin y Rolling Stones, mientras aquellos vidrios estallarán de nuevo una y otra vez sobre la pared dejando, detrás de nosotros, un cielo lleno de sangre, cerveza y lobos desaforados.
Por cierto, Techo de Vinil no murió: está atrapado en Resident Evil. Le inocularon el virus “las plagas”, fue todo un plan de Osmund Saddler líder del grupo “Los Iluminados”. Sin embargo, el mayor secreto, y posiblemente el más aterrador, es que Sadler no es más que otra identidad secreta del Ilustre.
Un abrazo y mil gracias.
Humberto Valdivieso

Fedosy dijo...

Maestro, muchas gracias. Techo de vinilo vive en nuestros carazones. Embardurnados de betún, los devora y se le salen por los ojos, convertidos en llamaradas de fuego negro.

Salud.

Anónimo dijo...

como me rei....
julia