Besando a una persa

José Urriola C.

Samira Makhmalbaf

Tengo que cambiar de odontóloga. No es que ésta no sea buena, es excelente, la mejor. Lo que pasa es que está demasiado buena y me enamoro. Y cada vez que se inclina para taladrarme las muelas a mí me dan unas ganas atávicas de abrazarla, de tumbármela sobre el regazo e inmovilizarla en esa silla de dentista para ahogarla a beso limpio. Y es que uno allí, con la boca abierta, embrutecido por la anestesia, está como muy expuesto, excesivamente vulnerable; entonces una mujer experta y guapa te comienza meter mano, a forzarte las mandíbulas con dedos y aparatos, a limpiarte la baba que se te escurre por la comisura, a decirte bobadas para que te olvides del mundo, del dolor, del salpicadito de hueso molido que te llovizna sobre la cara cuando ella acciona el taladrito, tú lo único que quieres es olerla y decirle amjá, sim, ahhh, ummm, porque el universo en ese momento es exactamente del tamaño de ese gemido que logras articular.

Apaga el taladro y se aparta el tapabocas, con cara de maestra preocupada se incorpora y me pone una mano cariñosa en la mejilla, cuidando de dejar la punta del dedo rozándome la lengua. No lleva guantes, porque conmigo no los usa, y eso me hace sentir especial entre sus pacientes especiales: “Vamos a intentarlo una vez más con esta muela. Si no, la vas a tener que guardar de recuerdo en una cajita y la pones en tu mesa de noche. Tendremos que ponerte una prótesis”.

A mí esa película de Samira Makhmalbaf, A las 5 de la tarde, me gustó, pero tampoco tanto. La que me gustó fue ella. Llegó al área de la piscina del Hotel Antibes vestida de negro de pies a cabeza. Apenas se le veía la cara asomándose como ET entre los peluches. Venía con su papá, Mohsen Makhmalbaf, que también es director (coño, qué bueno es. Está loco como una cabra pero es un genio) y más atrás venía un guardaespaldas enorme, un monstruo de dos por dos, cuatro metros cuadrados de gorila medieval pero con mostacho. Una cosa sacada de la Batalla de las Termópilas que lo que le faltaba era un turbante, una seda roja atada sobre la barriga y una espada de verdugo colgando del cinto.

Nosotros seríamos los terceros en entrevistarla. Primero venía una televisora francesa, después Canal Plus Varsovia y luego nosotros. Estábamos ya listos con nuestros equipos montados en un columpio para cuatro con techito de lona. Dentro del columpio se estaba fresco y sombreado. Afuera hacía un sol de esos que pica, con una luz blanca ensordecedora que nos tenía achinados a todos. Rebotaban los destellos en el agua de la piscina; hacía resaca, dolor de cabeza, un poquito de náusea. Pero debajo del malestar algo por dentro se sentía sabroso. Y cuando miraba a Samira, a pesar de su traje negro, una brisa interna me soplaba en el abdomen. “Coño, el mío, me siento mal. Tengo como ganas de vomitar”, dijo Richita, el asistente de cámara, cuando mediaba la entrevista de los franceses. “Verga, panita, no sé si el chorro se me va a salir por arriba o por abajo” insistió cuando Samira y compañía estrechaban las manos de las reporteras polacas. “Marico, me estoy muriendo ¿será que me da tiempo de ir al baño antes de que lleguen?” fue lo último que le escuché a Richita cuando ya los Makhmalbaf estaban a dos pasos. No había tiempo de nada.

Se sentó la cineasta a mi lado y el camarógrafo se puso en el asiento de enfrente. El columpio se balanceaba suavemente. Richita se quedó con la pantalla reflectora bajo el sol, haciendo equilibrio a un metro escaso. Tenía sudor suficiente en la cara como para que pensaran que se había hecho una máscara con envoplast. Papá Makhmalbaf giraba instrucciones por su teléfono celular. El matón persa se cruzó de brazos y se ancló como un coloso al lado de Richita. Samira hablaba lento y pasitico. Hablaba tan suave que cuando parpadeaba se le oían rozar las pestañas. Y cada vez que hacía una pausa se colaba el crepitar de las tripas de Richita, pequeñas detonaciones bajo la piel, erupciones diminutas que le transfiguraban por igual el intestino y la cara. Yo me acerqué un poco, con la excusa de escuchar mejor, la verdad es que así, ganando unos centímetros, tocábamos rodilla a rodilla con el bamboleo. No tengo idea de qué le pregunté a Samira ni si la película de la que yo hablaba era la misma de la que ella respondía. Creo que no. Pero me daba bastante igual. Todo lo que ella decía me parecía sedoso, acariciante, como si armara las palabras con una luminosidad filtrada por un lente amable. El sol rebotaba en las onditas de la piscina, destellaba en la pantalla reflectora sostenida por el asistente, me dejaba escarchada de colores raros la oscuridad bajo los párpados. Pensé en El extranjero de Camus, en ese hombre que en la playa mata a un árabe porque lo encandila el sol, y que por eso The Cure hizo aquella canción de Killing an Arab, y también pensé en que los iraníes no son árabe sino persas, y que yo no asesinaría a nadie por este sol, muy al contrario, yo con este solazo pegándole en la cara a Samira, brincándome desde sus dientes en cada sonrisa, jugándome trucos para que sus ojos fueran a la vez negros y verdes, yo lo que quería era besar a la persa, hundirme en su boca. Yo dije: ahora o nunca, o lo haces o te mueres de incompetencia. Y me lancé hacia delante. Fue justo en ese momento en que Richita no aguantó la arcada, se le vino el mundo al esófago y aquello que brotó a hectolitros por su boca salpicó los delicados dedos que se asomaban por las sandalias de la directora. El camarógrafo intentó esquivar aquella cascada infesta con un movimiento brusco que hizo tambalear el columpio. Le pasé rozando los labios a Samira con mi boca abierta y fui a dar de bruces justo allí, en la curva que unía sus muslos forrados negro. Pocas veces dos sensaciones tan fuertes me han invadido a la vez: sentí terror por el alarido que desde el estómago se sacó la muchacha, pero también sentí delirar con ese aroma ………. (no consigo un adjetivo digno, así que mejor dejo el espacio en blanco para que lo llene cada quien con lo que mejor le parezca) que encontré entre las piernas de la Makhmalbaf. Sólo diré que me quise quedar a vivir allí y, más aún, morir en ese lugar.

De mi mullida felicidad me arrancó una mano gigantesca que me aferró por la nuca, me estrelló cinco o seis veces contra los postes laterales del columpio y luego me arrojó con la boca partida hasta el borde de mosaiquitos de la piscina. Desde allí -mientras me pasaba la lengua con gusto a sangre por la encía para comprobar que me faltaba una muela- vi cómo el guardaespaldas iraní tomaba por el cuello a Richita y, sosteniéndolo en el aire para que sus pies pedalearan en el espacio como quien trata de huir en una bicicleta invisible, le propinaba trompadas con la palma de la mano y luego con el dorso, y de nuevo con la palma y de nuevo con el dorso y de nuevo con la palma y otra más con el dorso. Y, cada vez que le sonaba un golpe, algo sólido le salía disparado por la boca a nuestro asistente de cámara, como si lo hubieran convertido en una máquina de escupir dientes.

De resto lo que ya todos saben. Que nos retiraron las credenciales y nos recomendaron nunca más asomarnos por ése ni por ningún otro festival. Yo entendía muy poco porque hablaban en un francés superior, muy furioso y con mucha saliva; lo que sí puedo jurar es que nunca había escuchado tantas veces en tan poco tiempo el término “persona non grata” cuando se referían a uno. Que nos encerraron durante dos días mientras un tribunal dictaba la orden de deportación. Que nos pusieron a cada uno bajo el cargo de dos policías que nos flanquearon desde que abrieron las rejas de la cárcel hasta que nos despidieron en inmigración de Maiquetía con un “Adiós, aquí les dejamos, nos tenemos que ir ya porque si no perdemos la conexión para nuestras vacaciones en Isla Margarita”. Uno de ellos, el que decía en la chapa del pecho: “Sergent Pierre Robinet”, antes de arrancar a correr hacia el Terminal Nacional, dijo: “Merde, casi olvido, esto se lo dejó mujer con pinta de magrebí mientras vous sont en prisión”. Y se sacó del bolsillo de la camisa un sobresito blanco. Lo abrí con cuidado, vi el contenido y desplegué una nota escrita con hermosa letra de mujer: “Sorry, I think these are your teeth. I hope they are complete. Kisses, Samira”.

Vacié el contenido del sobre en mi palma, haciendo un cuenco, y cayeron uno a uno nuestros dientes. Richita se asomó con cara de experto y me dijo: “Éste es mío, éste es mío, éste también, y ésta muela, ésta y ésta”. Yo no sé cómo las reconoció, lo que sé es que en pocos segundos apartó con un dedo sus piezas y mí me quedó un solo diente en la mano. “Ése sí que no es mío ni de vaina, papá”.

Se me escurre una lágrima que me viaja pesadamente desde el ojo derecho hasta la boca abierta. “Ay, mi vida, te está doliendo, seguro que se te está pasando ya el efecto de la anestesia”, susurra mi adorable odontóloga. “Si quieres te sedamos más y luego lo intentamos de nuevo con esta bendita muela que nada que te quiere encajar”. No me duele ni un poquito, al menos no del dolor que ella imagina. Hundo mi mano en el bolsillo, tanteo entre la tela, encierro en mi puño el papelito doblado que siempre anda por allí. Me aferro al único beso persa que tengo y tendré. Y emito un gruñido largo, un gemido primigenio que intenta decir: “Sí, por favor, ponme mucha anestesia, toda la que tengas”.




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7 comentarios:

Anónimo dijo...

Urriola, es un excelente trabajo, donde hay suspenso, ficción, humor y hasta terror. ¡Felicitaciones!

LI dijo...

Uno pudiera preguntarse qué tanto de realidad y qué tanto de fantasía hay en este relato. Al final, por lo que se ve en tus escritos, ambas cosas están mezcladas indisolublemente en el mismo saco. No sé, pienso yo.

Saludos

Anónimo dijo...

Que facilidad tienes para hacernos reir, disfruto mucho además tu experiencia con la bella dentista, pero la pobre se podría quedar sin trabajo al volarte todos los dientes que Richita, no quería recoger ,pues no eran los suyos. (ja, ja) Brillante tu relato,Augusto Anselmi.

Anónimo dijo...

Desopilante versión de la Cenicienta, donde en vez de zapaticos hay dientes y muelas.
abrazo
gustavo valle

El Público dijo...

??. La verdad no entendí mucho los otros comentarios. Te cuanto que es uno de los mejores relatos que he leído en la red, bastante bueno, lo que es raro. Si hay que criticar algo de este relato es que se nota que puedes bastante más. Definitivamente, no creo que sea lo mejor de tu arsenal

Andreína Romero dijo...

jajaja

Cómo me ha hecho reír este relato!

jajaja
Me encantó.

Anónimo dijo...

Es bueno éste. Pfffffffffff. Mucho.